Otra vez me volvía a pasar, no
creía posible que existiera una persona más torpe que yo. Aquí estaba yo, Isabella
Swan, otra vez en el suelo, pero esta vez había sido peor. Porque esta vez
tenía otro cuerpo debajo de mí, no sabía cómo había podido llegar a esta
situación. Bueno, en realidad sí que lo sé. Todo se lo debía a mi gran amiga Alice. Y en el momento que me
dejé convencer para que me pusiera estos tacones, que eran un arma muy
peligrosa estando en mis pies. Como acababa de demostrar.
El cuerpo que tenía debajo se
removió para que me quitara de encima, y entonces me di cuenta de encima de
quien había caído. Edward Cullen. No podía tener menos suerte. Edward y yo
trabajamos en la misma empresa, pero nuestra enemistad se remonta muchos más
años atrás. Él es el hermano de mi antes mencionada amiga Alice. Para mi
desgracia tuve que pasar mis cuatro años de universidad con él pegado detrás,
sin dejar ni un momento de molestar. Puede que tuviera un cuerpo de escándalo,
eso no lo voy a negar, pero no le daba derecho a creer que todas las chicas
éramos iguales. Cuando terminamos la universidad creí que mi tormento acabaría,
estaba muy equivocada. A él no se le ocurrió otra cosa que pedir empleo en la
misma empresa que yo. A veces pensaba que solo lo hacía por molestarme, y
mirarme con esa sonrisa arrogante y jodidamente sexy…”¿Sexy? Bella, ¿en qué estás pensando?”
- Ejem, ejem. Bella, no es que no
me guste que estés encima de mí, pero la gente está empezando a mirarnos raro.-
me dijo con una ceja alzada.
“¡Mierda!”No me había dado cuenta de que estaba demasiado metida en
mis pensamientos. Me levanté lo más rápido que pude y más roja que un tomate.
Él también se levantó y me miró con esa estúpida sonrisa antes de andar como un
modelo hasta su despacho, no sin antes guiñarme el ojo y decirme:
-Si quieres volver a tirarte
encima de mí, solo tienes que pedírmelo, estaré encantado de complacerte.
La gente se empezó a dispersar, pero yo me
quedé parada en medio del pasillo hasta que unos pequeños brazos me volvieron a
sacar de mis pensamientos, que en esos momentos no estaban en ninguna parte. Era
mi pequeña sobrinita Emma, detrás de ella estaba mi cuñada Rosalie. Ella y mi
hermano Emmet se casaron hace ya cuatro años, y poco después tuvieron a esta
pequeña dulzura.
-Tía Bells, papi me dijo que tú
tenías muuuuchos dulces.- me dijo con una encantadora sonrisa a la que le faltaban
dos dientes.
-Dile a tu papi, que si quiere
dulces que se los compre él, pero que no te mande a ti a robármelos. Hola,
Rose, ¿qué tal estás?
-Muy bien, Bella, espero que no
tengas mucho trabajo pero esta señorita tenía muchas ganas de ver a su tía- me contestó
mirando con ternura a su hija. Siempre me pareció increíble el parecido entre
madre e hija, eran como dos gotas de agua, aunque hay que admitir que el
carácter era de Emmet.
-No te preocupes, podemos bajar a
tomar un café abajo, por hoy ya he terminado de trabajar.
Bajamos a la cafetería que había
al final de la calle, Rose y yo nos pedimos unos cafés y Emma un chocolate
caliente. Mientras esta se entretenía pintando, Rose me preguntó por mi día. Yo
no pude ocultar una mueca.
-¿Por qué pones esa cara?¿Pasó
algo hoy en el trabajo?
-¿Qué va a pasar Rose? Lo mismo
de siempre.
-¿Edward otra vez?.- me preguntó
como si me comprendiera, yo solo asentí.- ¿Qué ha hecho esta vez?
-No, él no ha hecho nada esta
vez. Solo que , tú ya sabes, soy muy patosa, tropecé y caí encima de él en
medio de la oficina con todo el mundo mirándonos. Y encima tiene el descaro de
decirme que si tanto me gusta estar encima de él que solo se lo pida, que él
estará encantado de complacerme.
Rose empezó a reírse, pero no
dijo nada. Yo solo esperaba que se pusiera de mi parte, o algo así, por lo
menos que alguien me consolase.
-Muchas gracias por apoyarme,
Rose.- le dije con sarcasmo.
-Y dime, Bella. ¿A ti te gusta
estar encima de él, en verdad?.- me miró como si ella supiera algo que yo no
sabía. Puede que cada vez que Edward me mirara me dieran escalofríos, y que un
roce de su piel desatara mi calor, pero de ahí a que me gustara.
-Uff, ¿a quién quiero engañar?.-
¿Dije eso en voz alta?, por la cara de Rose, sí.
-Vaya, no me esperaba que lo
reconocieras tan pronto. Después de todo llevas seis años negándolo.
-¡QUÉ! No, a mi no me gusta
Edward.- creo que ni yo me creí eso, porque tan pronto como esas palabras
salieron de mi boca, un sonrojo color bermellón se instaló para quedarse en mi rostro.
-Yo no he dicho que te guste
Edward, solo he dicho que te gusta estar encima de él. Pero creo que tu
repentino ataque de pánico me confirma que te gusta Edward.- Rosalie me miró
con cara de suficiencia.
Y allí, en esa cafetería lo vi
todo claro por primera vez en seis años; si de verdad yo odiara Edward como
tanto decía odiar ¿no le habría intentado alejar de mí?, ¿no habría buscado la
forma de alejarme yo de él? Me gustaba Edward, y eso ya era un hecho. Pero lo
más triste de ese hecho, era que resultaba muy improbable que yo le gustara a
él. Él tenía todo lo que quería, era pasar por la calle y todas las chicas se
le quedaban mirando .
-Tienes razón, pero lo que yo
sienta por él no cambiara el modo en el que él me mire.
-Bella, tú no tienes ni idea del
modo en el que te mira Edward.
-¿A sí? ¿Y cómo se supone que me
mira? ¿Cómo a otra de sus posibles conquistas? Yo no quiero ser otra más en la
larga lista de Edward-mírame soy muy sexy- Cullen.- terminé de decirle
irritada. Pero Rose en vez de amedrentarse, se volvió a empezar a reír, pero a
mí ya no me hacía ni puñetera gracia. Así cogí mi bolso y salí hecha una furia
a la calle. Pude escuchar como Rose gritaba mi nombre desde la cafetería, pero
no la hice caso y seguí mi camino.
Caminé sin rumbo durante un par
de horas, sumida en mis pensamientos. Porque puede que hoy hubiera confirmado
por primera vez delante de otra persona mi atracción hacia Edward, pero yo lo
sabía desde hace años; me obligué a mi misma a enterrar esos pensamientos muy
en el fondo de mi mente durante todos
esos años, y ahora volvían a flote como cuando mueves una bebida con gas y este
sale disparado cuando alguien abre el tapón de repente, y ese alguien había
sido Rosalie.
Sin darme cuenta me encontraba
frente al edificio donde vivían Alice y su novio de toda la vida, Jasper. Así
que ya que estaba por ahí decidí visitarles. Subí por las escaleras a el primer
piso, que era donde vivían, y llamé a al timbre. Al poco rato de esperar Jasper
me abrió la puerta y me invitó a pasar. Me dirigió a la cocina donde estaba
preparando un pastel con Alice.
-Hola, Bella.- dijo Alice con su
habitual entusiasmo. En otra ocasión le habría contestado igual de
efusivamente, pero hoy no tenía ganas de nada así que solo sacudí mi cabeza en
su dirección. Jasper viendo la tensión en el ambiente se fue de la cocina con
la excusa de ir al baño. Alice dejó lo que estaba haciendo y se sentó frente a
mí mirándome fijamente.
-¿Qué es lo que pasa Bella?.- se
le notaba bastante preocupada.
No me quedó más remedio que
contarle toda mi charla con Rose en la cafetería. Casi salta de su asiento que
le conté que me gustaba Edward, y me pareció ver un brillo calculador en sus
ojos.
-Bien, Bella. Lo primero que
tienes que hacer es irte a disculparte con Rose. Y después de eso tu y yo nos
vamos a ir de compras.
Sabía que no podría oponerme a
eso así que dejé que me llevara en coche hasta casa de Rose, y tan pronto como
me disculpé y le di unos dulces a Emma, me volvió a arrastrar hasta el coche
rumbo al centro comercial.
-Alice, ¿qué sentido tiene que me
pruebe este vestido sino me lo voy a poner nunca?, además no me gusta gastar
por gastar, ya lo sabes.- era la quinta vez desde que entramos en el centro
comercial que teníamos esa discusión.
-Porque quiero que salgas esta
noche conmigo. Esta noche tu, Jazz y yo nos vamos de fiesta; y tú tienes que
estar deslumbrante. Además, el dinero no te lo gastarás tú, me lo gastaré yo;
tómatelo como un regalo anticipado de cumpleaños de mi parte.
Rodé los ojos, “bueno, si no puedes con el enemigo únete a
él”. Finalmente, elegí un vestido azul eléctrico que me marcaba mucho la
figura. Al menos elegí uno no tan descarado como el que Alice insistía en
comprarme, no era de mi estilo.
Me encontraba en mi casa
arreglándome para salir, cuando sonó el timbre de la puerta. Fui a abrir. Allí
fuera, con su estúpida sonrisa en el rostro estaba Edward. Vestía unos vaqueros
desgastados y una camiseta de manga corta, negra de las tortugas ninja. Me reí,
a veces Edward podía ser tan infantil como Emmet. Pero pronto me di cuenta de
que Edward estaba en la puerta de mi casa un viernes por la noche.
-¿Qué haces aquí?
-¿No te lo dijo Alice? He venido
a recogerte para salir de fiesta. Según sus propias palabras, si te resistes,
tengo derecho a meterte en el coche por la fuerza.
Suspiré. Alice. Sabía que si me resistía las cosas serían peor así que le
dije que esperara fuera, mientras que yo me terminaba de arreglar. Fui hacía mi
cuarto y me puse los pendientes que tenía en la mano antes de que tocaran a la
puerta. Cuando volví al salón, Edward estaba sentado en el sofá con una foto en
la mano.
-¿No te dije que me esperaras
afuera?.- dije mirándolo mal. Pero me ignoró, y en vez de contestarme siguió
mirando la foto con el ceño fruncido.
-¿Estuviste en el campamento de
las cascadas?.- dijo enseñándome la foto. Era de cuando tenía once años. Salía
con un grupo de unos diez niños frente a un lago. Para esa época estaba en una
etapa un poco rebelde. Así que decidí que en vez de irme con mi padre el verano
me iría yo sola a un campamento durante los meses de verano.
-Sí, cuando tenía once años. ¿Por
qué?.- le pregunté. Me descolocó un poco que supiese que la foto era de ese
campamento en específico.
-Este,- dijo señalando a un niño
que estaba a mi lado pasándome un brazo por los hombros.- soy yo. También fui
al campamento ese año. Por eso me resultabas tan familiar cuando te vi en la
universidad. Tengo la misma foto en mi casa. Ese año fui solo de campamento.
Alice se fue con nuestros padres de vacaciones, decía que los campamentos eran
demasiado sucios. En realidad le daba miedo irse sin nuestros padres. Jajaja,
que casualidad. Mira si hasta parece que nos llevábamos bien.
-Sí.- ¿qué más podía decirle?.-
muy curioso, venga vámonos antes de que tu hermana quiera matarnos a los dos
por llegar tarde.
-No creo que a Alice le importe
mucho que nos retrasemos un poquito. Creo que hasta le alegrará saber que
podemos pasar cierto tiempo sin discutir.- mientras decía esto se iba acercando
a mí, poco a poco. Llego hasta quedarse a solo unos pocos centímetros de mí.-
De hecho no creo que le importe si no aparecemos por allí en toda la noche.
Me miraba de una manera en la que
nunca lo había hecho. Sus ojos verdes resplandecían con la lámpara del salón.
Me quedé sin palabras. Quería gritarle que se alejara, que no estaba para
juegos de los suyos esta noche; pero no me salía. Solo me quedé mirándole, sin
decir nada. Como si su mirada me hipnotizara. Y, entonces le vi, acercándose
despacio para acortar la distancia que me separaba de sus labios. Y, pasó.
Sus labios se unieron a los míos,
primero tiernamente. Pero cuando su lengua se introdujo en mi boca, perdí toda
la cordura que me quedaba. El beso se tornó frenético, le agarré de el cuello
de la camiseta atrayéndolo más a mí. Él hizo lo propio, agarrándome de la
cintura presionándome contra su cuerpo. Separamos nuestros labios para
respirar, pero sus labios no dejaron mi cuerpo, se movieron desde mi barbilla a
mi cuello, donde succionó un poco haciéndome gemir un poco. Edward nos giró
haciéndonos caer en el sofá que se encontraba detrás de nosotros, el encima de
mí. Pronto volví a reclamar sus labios, y tiré de él hacia arriba para poder
besarlo. Sus manos se dirigieron a la cremallera de mi vestido, la bajó y bajó
mi vestido dejando al descubierto mis pechos, cubiertos por el sujetador. Yo no
me quedé atrás y tiré de su camiseta para sacársela por la cabeza. Pasé mis
manos desde su pecho hasta sus abdominales, me gustó verle temblar bajo mis
manos. Levantó su cabeza y me volvió a mirar a los ojos.
-Eres hermosa Bella.- dijo
mientras una de sus manos apretaba mi pecho derecho. En ese momento fue como si
una burbuja explotara en mi cabeza. Lo separé de mí tan bruscamente que se cayó
del sofá. Me volví a subir el vestido. Y me senté en el sofá con la respiración
acelerada.
-¿Por qué has hecho eso?.- me
dijo notablemente ofendido.
-Porque no quiero ser una más en
tu lista, Edward. Por eso.- tenía ganas de gritar, de llorar, de romperle algo
en la cabeza. Sin querer unas lagrimas se deslizaron por mis mejillas.
-Tú nunca serás solo una más en
mi lista Bella; ¿es que no lo entiendes?- parecía frustrado por algo que yo no
llegaba a comprender.
-¿El que tengo que entender,
Edward? ¿Que después de acostarte conmigo saldrás por la puerta como si no te
importara nada? ¿Que no te importará haberme roto el corazón por una maldita
noche de pasión?- ya no lo podía evitar, las lagrimas caían de mis ojos sin
control.
-No sabía que tuvieras una
opinión tan buena de mí.- dijo con la mirada dura. Cuando me miró a la cara, su mirada se
suavizó. Se acercó hasta sentarse a mi lado y me limpió las mejillas con sus
manos.- Yo nunca te haría algo así, Bella. Me importas mucho más de lo piensas.
-No te creo. No puedo creerte. Lo
siento, Edward.- dije negándome a mirarlo a los ojos. Él me cogió de la babilla
y me obligó a mirarlo a los ojos.
-Te demostraré que me importas,
Bella. Te lo prometo. Venga, vámonos antes de que Alice mande al pobre Jasper a
buscarnos.
Me dio la mano para ayudarme a
levantarme, me subió la cremallera del vestido y luego se puso su propia
camiseta.
Salimos fuera y subimos a su
coche. Hicimos todo el trayecto en silencio. Algo me decía que Edward iba a
cumplir lo dicho con anterioridad, y no podía evitar estar un poco asustada,
pero también emocionada.
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